Nuestra historia

Nos define una manera de ser: creativa, entusiasta, y con la
costumbre de convertir cada idea en algo real. Cuando algo se nos
ocurre, no se queda en una libreta mucho tiempo.

Uno de nuestros primeros juegos tenía dinosaurios, creado
pensando en nuestro hijo, fan absoluto del mundo jurásico. Lo
probamos una y otra vez en casa, hasta encontrar el equilibrio
justo entre diversión y aprendizaje. Y entonces llegó la aprobación
que de verdad importaba: a él le encantó. Ahí supimos que
teníamos algo que merecía salir de nuestro salón.

Ese primer juego se convirtió en dos más. Y así nació Lailus — un
nombre que reúne los cuatro nombres de la familia que está
detrás de cada juego.

Nos inspiramos en lo que mejor conocemos: nuestros hijos, las
tardes en familia, las reuniones con amigos donde siempre acaba
saliendo un juego de mesa. De ahí nace cada idea, que probamos
una y mil veces hasta que sabemos que funciona de verdad.
Somos un buen equilibrio: ella, pura creatividad; él, acción y
claridad. Juntos, seguimos creando juegos pensados para
desconectar del móvil y conectar entre nosotros.

Valores

El nacimiento de cada juego

Tenemos mil ideas, pero cuando una se nos mete en la cabeza
y pensamos que es buena, la desarrollamos. Y aunque parezca
poco práctico, las primeras maquetas nacen de cartas
dibujadas y recortadas a mano, o con dibujos impresos en casa.

Probamos muchas veces —muchas, muchísimas—,
cambiamos mil cosas y volvemos a probar. Invitamos a amigos
a jugar para que nos den su feedback más sincero. Jugamos
con nuestros hijos, los observamos, y así vamos puliendo la
mecánica del juego.

Luego buscamos inspiración, elegimos el estilo de ilustración, y
allá vamos. Diseñamos cada juego con muchísimo amor,
dedicación y perfeccionismo hasta el último detalle: Ía es
ilustradora y diseñadora, Luis es traductor. El resultado son
juegos coloridos, vistosos y armónicos, traducidos a varios
idiomas.
Los enviamos a producir. Cada juego pasa por el laboratorio,
que nos da el visto bueno en seguridad de materiales. Y
cuando por fin llegan a casa, los abrimos corriendo, porque la
ilusión es enorme, y la emoción de verlos tal y como nos los
imaginábamos, también.